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21.1.10

La familia


Necesitaríamos un sitio a donde ir. ¿Cuánto cuesta una casa vacía? Hay millones de casas vacías. Los adolescentes las necesitamos. Una casa para cada cien adolescentes y seguirían sobrando millones de ellas. O un local de los que se alquilan y llevan meses cerrados. Un sitio de todos y de nadie, donde no haya que pagar por estar ni consumir algo ni matricularse en un curso ni entregar un carnet. No un sitio para dormir sino para hacer cosas, o para no hacer nada estando acompañado. Lo cuidaríamos, ¿por qué piensan que no lo haríamos? ¿Porque dejamos la ropa tirada? ¿Es que es lo mismo? Pues no lo es, por mucho que se empeñen. Lo cuidaríamos y a los veinte años lo devolveríamos para los siguientes adolescentes.

Deseo de ser punk. Belén Gopegui

7.3.09

La revolución se dispersa

A noviembre le siguieron más días fríos que no conseguían aplacar los ánimos. Pero llegaron las hipócritas vcaciones de Navidad y todo se vino abajo. En enero, los hall de las facultades volvían a lucir la desnudez que caracteriza a los edificios institucionales, fríos e impersonales. Los bancos, dispuestos en forma circular las noches asamblearias, enmudecían ahora paralelos y atornillados al suelo. La mesa de estudio no estaba, ni el sofá, ni la sandwichera. Las coloridas tiendas de campaña, por supuesto, tampoco. Los blogs se olvidaron, las comisiones fueron poco a poco quedándose sin habla, sin vida. A excepción de alguna suelta, las asambleas ya han dejado de existir. Aquello que las creó, las reuniones y decisiones, la multitud; ya no existe.
Por todas las respuestas que hemos dado, no sólo a un proceso de reforma universitaria adalid del secretismo, la mentira y el neoliberalismo; sino también a la estetización de los edificios universitarios, que por unos meses se llenaron de la vida cultural y social que ahora se quiere diluir, va el siguiente texto. Es un fragmento de La conquista del aire, de Belén Gopegui, quien, por si alguien anda despistado, fue denominada por Francisco Umbral como "la mejor novelista de su generación". Disfruten, pero no lloren.
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Entonces lo irracional, el envilecimiento, el bárbaro latido de las cosas, podía ser sólo un tema guardado dentro de un libro. No había peligro de que saltara fuera y si lo hacía ahí estaba, dispuesta a contenerlo y alejarlo, la multitud.

Santiago había formado parte de aquella multitud, y había tenido la impresión de que existía un relevo permanente: aún cuando tú dejaras de hacer algo, otro lo haría, igual que tú harías lo que otro hubiera dejado de hacer. Entonces era posible abandonar a ratos, pero nadie quería abandonar; había una guerra contra el sistema, pero era una guerra de charangas, fiestas, reuniones hablando de mezclas disparatadas, guerrilla y no-violencia, revolución y locura, y viajes al mar, y películas y acampadas junto al monte de Ocejón. Una guerra sin bajas. Una guerra sin pérdidas. Una guerra casi feliz: la vida no estaba en juego.

En cambio ahora sí lo estaba. Por eso se había dispersado la multitud. Ahora las cosas latían, bárbaras, envilecedoras, exultantes también. Cada decisión implicaba un sueldo posible o uno imposible, una casa o un apartamento, alquilar o comprar, compartir la vida con la persona adecuada o equivocarse, abrir la trayectoria o cerrarla, vencer o quedarse fuera, quedarse atrás. La multitud se había dispersado.

21.11.08

10.000, NO 3.000



Hay días en los que pienso
que ser de izquierdas es una especie de facultad,
como la memoria. Todos la tenemos
en estado de latencia.
Si no la usas,
te mueres sin enterarte de que la tenías.
La prueba de que está ahí
es que en determinadas situaciones aparece.
Muchas veces
se confunde con el orgullo.
Pero hay dos clases de orgullo.
Para mí, cuando esa facultad no está involucrada
el orgullo es amor propio.
Y cuando el orgullo es amor propio,
lo que sale es la pataleta, el sofocón, se pone la cara roja y falta el aire.
En cambio,
si esa facultad interviene,
el orgullo se generaliza.
La persona comprende que la ofensa, el abuso, lo que sea,
no se lo están haciendo sólo a ella;
y se le llenan los pulmones de aire; dice “no puede ser”
y las tres palabras vienen de muy lejos, de muchos compañeros caídos y compañeras, de muchas personas aplastadas, humilladas;
y aflora en ella un valor,
una determinación
con los que no soñaba.


Fragmento en verso del libro El Padre de Blancanieves, de Belén Gopegui

26.9.08

Imaginar lo que no existe es fácil,
en cambio
imaginar lo que existe
exige conocer


El Padre de Blancanieves, Belén Gopegui
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Foto: niños de la comunidad de la comunidad kichwa Pakayaku (Pastaza, Ecuador) jugando en el río Bobonazo.