6.10.08


Y el tiempo pasa

como gota a gota

cayendo sobre mi entrecejo
(...)
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Foto: "Silencio", de Ron Vargas

5.10.08

Todavía recostándose en el sillón biplaza, ella cree recordar que tenía la virtud de la buena memoria. “No es el caso”, se consuela mientras mira la chimenea. Su retina refleja la imagen en el fuego: un colchón, abrazos, besos. Quizá sexo. Final inconcluso. El movimiento de las llamas abstrae lo suficiente como para acallar la marejada mental. Sin embargo, piensa en futurístico sobre la posibilidad de que se abra la puerta.

- Cuántas veces tendré que decírtelo: las caricias son puntuales –suena una voz quebrada desde la mecedora contigua al sillón en el que se sienta. (Siempre hay una mecedora frente a una chimenea).

Gira levemente la cabeza. No se había percatado de su presencia. Es viejo y su aspecto es descuidado en conjunto, a excepción de unas bonitas manos que reposan sobre su barriga.

- ¿Qué haces tú aquí? –despectivamente- Ya he dicho que no es el caso. Acaba de ocurrir ahora mismo. Deja que reflexione un poco. ¡Déjame en paz!

- Te equivocas en los conceptos. Todo ha pasado. Todo es pasado. Por eso estoy yo aquí. Debo supervisar una correcta organización de los recuerdos por parte de tu memoria -a veces su voz quebrada diluía el tono pedante que utilizaba.

- Oh venga, por favor. A Losantos le hace más falta que a mí. Todavía estoy asimilando lo que ha pasado ahí dentro. No me gustan las imposiciones, ¿sabes? Para que lo entiendas: eres como una jugosa naranja a la que puedo morder en cualquier momento. No eres impenetrable. ¿Por qué si no hay diversos puntos de vista históricos?

Las manos del viejo Pasado se mueven al ritmo de sus pausadas vocalizaciones. Es el único movimiento que realiza. La mecedora, superando la básica inercia, permanece pétrea. Aún así, ella no observa las hazañas del viejo. Ambas miradas están fijas en el fuego, la única fuente de luz en todo el salón.

- Para que lo entiendas tú –carraspea–: yo soy como el espejo retrovisor de un coche. Estoy al alcance de tu mirada, pero siempre te mostraré el camino que ya has recorrido.

- Pero en ese presente –abre los ojos, como si quisiera absorber con ellos el aire de sus palabras– el camino recorrido puede haber cambiado en el momento en el que miro: un nuevo coche, un nuevo paisaje…

- ¡Ah no! –levanta las manos, pierde el control: rechina la madera– ¡ya me sé el sermón de Heráclito! Yo te hablo de recuerdos, de memoria. Tu capacidad de percepción sólo te permite recoger una o dos imágenes de las mil que se crean en tu retina al segundo.

En ese momento se abre la puerta. Una cabeza asoma por el quicio.

- ¿Qué haces ahí? Vuelve a la cama, anda…

Ella desvía la mirada. Se levanta sin responder. No mira hacia atrás. Entra a la habitación mientras el fuego refulge dentro de la chimenea. Frente a él, la mecedora tambalea humanamente.

4.10.08

Olha que coisa mais linda

¡No al préstamo de pago en bibliotecas!

Comparto con vosotros un artículo de Sampedro que considero fundamental para entender por qué se quiere imponer un canon en las bibliotecas. Aterra la tendencia, cada vez mayor, de reivindicar derechos a la propiedad privada (intelectual, material) como tapadera para fomentar el mercantilismo y beneficiar a las grandes empresas capitalistas.
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POR LA LECTURA

José Luis Sampedro


Cuando yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un Maestro nacional llamado D. Justo G. Escudero Lezamit. A punto de jubilarse, acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no tenía clases porque allí, en un despachito que le habían cedido, atendía su biblioteca circulante. Era suya porque la había creado él solo, con libros donados por amigos, instituciones y padres de alumnos. Sus 'clientes' éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres a quienes sólo cobraba cincuenta céntimos al mes por prestar a cada cual un libro a la semana. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl May.

Muchos años después hice una visita a un bibliotequita de un pueblo madrileño. No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho cargo recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos. Al principio las madres acogieron la idea con simpatía porque les servía de guardería. Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un rato mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a por ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo. Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo hojeaban y a veces también ellas quedaban prendadas. Tiempo después me enteré de que la experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras eran mujeres que nunca habían leído antes de que una simple moqueta en manos de una joven bibliotecaria les descubriera otros mundos. Y aún más años después descubrí otro prodigio en un gran hospital de Valencia. La biblioteca de atención al paciente, con la que mitigan las largas esperas y angustias tanto de familiares como de los propios enfermos, fue creada por iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con un carrito del supermercado cargado de libros donados, paseándose por las distintas plantas, con largas peregrinaciones y luchas con la administración intentando convencer a burócratas y médicos no siempre abiertos a otras consideraciones, de que el conocimiento y el placer que proporciona la lectura puede contribuir a la curación, al cabo de los años ha logrado dotar al hospital y sus usuarios de una biblioteca con un servicio de préstamos y unas actividades que le han valido, además del prestigio y admiración de cuantos hemos pasado por ahí, un premio del gremio de libreros en reconocimiento a su labor en favor del libro.

Evoco ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón bibliotecario, al enterarme de que resurge la amenaza del préstamo de pago. Se pretende obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada libro prestado en concepto de canon para resarcir -eso dicen- a los autores del desgaste del préstamo.

Me quedo confuso y no entiendo nada. En la vida corriente el que paga una suma es porque:

a) obtiene algo a cambio.
b) es objeto de una sanción.

Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la de prestar libros y fomentar la lectura? Por otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación? ¿Acaso dejaron de cobrar por el libro? ¿Se les leerá menos por ser lecturas prestadas? ¿Venderán menos o les servirá de publicidad el préstamo como cuando una fábrica regala muestras de sus productos? Pero, sobre todo: ¿Se quiere fomentar la lectura? ¿Europa prefiere autores más ricos pero menos leídos? No entiendo a esa Europa mercantil. Personalmente prefiero que me lean y soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la difusión de mi obra.

Sépanlo quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis intereses de autor cargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña.

¡NO AL PRÉSTAMO DE PAGO EN BIBLIOTECAS!

30.9.08

26.9.08

Imaginar lo que no existe es fácil,
en cambio
imaginar lo que existe
exige conocer


El Padre de Blancanieves, Belén Gopegui
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Foto: niños de la comunidad de la comunidad kichwa Pakayaku (Pastaza, Ecuador) jugando en el río Bobonazo.


5.9.08

Consumo y compasión

Cuelgo un artículo de Santiago Alba Rico extraido de rebelion.org que me ha parecido muy muy interesante.
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CONSUMO Y COMPASIÓN
Santiago Alba Rico


El 8 de agosto del 2007 siete pescadores tunecinos rescataron a 44 náufragos en las aguas del Mediterráneo y los condujeron a la isla de Lampedusa, en Italia, a unas pocas millas de donde se encontraban. Allí los salvadores recibieron el trato que merecían: fueron encarcelados e incomunicados durante 32 días y ahora aguardan el resultado de un proceso judicial que puede acarrearles penas de hasta 15 años de cárcel por “favorecimiento de la inmigración clandestina”. Las leyes del mar y de la humanidad obligan a socorrer al prójimo; las leyes de la UE prohíben y castigan la compasión.

La verdad es que tampoco hace falta prohibirla. A finales del pasado mes de julio una imagen terrible dio la vuelta al mundo. Era la fotografía de dos bañistas italianos, semidesnudos sobre la arena de una playa napolitana, que comían y bebían plácidamente a pocos metros de los cadáveres de dos adolescentes gitanas que habían muerto ahogadas a la vista de todos sin que nadie las socorriera. Así son las cosas: a los compasivos se les manda a la cárcel, a los indiferentes se les recompensa con comida, bebida y toda clase de mercancías baratas.

Porque no son la ignorancia o el miedo lo que nos impide reaccionar frente al dolor del prójimo; es que el dolor del prójimo, de un modo u otro, nos produce placer. También en Italia, también a finales de julio, cientos de visitantes hacían cola en un parque de atracciones de Milán para obtener, a cambio de un solo euro, el goce barato de una experiencia extrema: un simulacro de ejecución en el que un maniquí muy realista se retorcía y humeaba encadenado a una silla eléctrica. Madres y padres compartían alborozados el espectáculo con sus hijos y el dueño de la máquina exultaba de alegría viendo aumentar minuto a minuto sus ganancias. Se dirá que se trataba de una simulación inocente y que en realidad nadie moría achicharrado; pero lo cierto es que lo que el espectador sentía no era el alivio de que no hubiera realmente un hombre sentado a la silla sino el placer de que lo pareciera. Y por lo tanto el deseo inconsciente de que lo fuera o al menos la desilusión de que no lo fuera.

En Iraq, los torturadores estadounidenses en la prisión de Abu-Ghraib se hacían fotografiar ingenuamente junto a sus víctimas iraquíes imitando precisamente a los visitantes de Disneylandia (o de las Pirámides). Sabrina Hartmann, la angelical sargento asesina, no hacía nada muy distinto de las madres y niños de Milán. Su pureza aterradora, frívolamente turística, no expresa la maldad humana ni los horrores intemporales de la guerra; desnuda más bien el infantilismo cruel de una sociedad llamada de “consumo” en la que uno no puede comer chocolatinas en Madrid sin reproducir la esclavitud de los 284.000 niños esclavos que recogen cacao en Africa Occidental y en la que, al mismo tiempo, la imagen de una ejecución o una escena de tortura producen el mismo placer que una chocolatina. No hay ninguna diferencia, o muy poca, entre los torturadores de Iraq y los visitantes del parque de atracciones de Milán; y que las cámaras de suplicio y los parques temáticos son triviales experiencias de consumo capitalista, inscritas en un horizonte común, lo demuestra el hecho de que los ocupantes que han destruido Iraq van a levantar ahora sobre sus ruinas, en el centro de Bagdad, una filial de Disneylandia para que los hijos de los torturados y desaparecidos consuman o vean consumir diversión manufacturada estadounidense.

Si uno se fija bien, la indiferencia de los bañistas italianos, con sus sándwiches en la mano, es muy semejante a la de los que mueren en el Tercer Mundo de inanición, sin nada que llevarse a la boca, desinteresados ya de todo lo que no sea su pura supervivencia biológica. La hambruna extrema y la extrema abundancia producen los mismos síntomas: la necesidad del canibalismo y el desprecio por todos los lazos humanos. Para eliminar la compasión no hacen falta leyes ni cárceles; tras el fin de la segunda guerra mundial, Europa y EEUU se dedicaron –paradoja capitalista- a alimentar el hambre de sus ciudadanos, convirtiendo todos los objetos en mercancías; es decir, en cosas de comer que excitan, y no calman, el apetito. Ningún etíope, ningún haitiano, ha tenido nunca tanta hambre como un consumidor medio occidental: nos comemos no sólo el pan y la carne sino también los carros, las lavadoras, los teléfonos celulares, los cuerpos, los monumentos, los paisajes, las imágenes, a una velocidad que deja fuera todos los placeres que no tengan que ver con la destrucción inmediata (que es lo que etimológicamente quiere decir la palabra “consumo”). Este modelo es ya universal y modela las cabezas de todos, incluso –o sobre todo- de los que no pueden acceder al mercado. Para comerse un mango o un bistec hay que destruirlos; para amar un cuerpo, un niño, un cuadro, un libro, un árbol, hay que conservarlos. En España hay más teléfonos celulares que habitantes y los españoles cambian de modelo cada seis meses; cada seis meses mueren 200.000 congoleños extrayendo el coltán necesario para fabricarlos. Pero una madre tarda nueve meses en gestar un niño; un enamorado tarda años en explorar el cuerpo de la amada; un poeta tarda décadas en gestar una metáfora; un pueblo tarda siglos en construir una historia; y un dios cualquiera tarda milenios en construir un mundo. Destruir un mango con los dientes es muy agradable, sobre todo cuando se hace en compañía; pero destruir en solitario –con los ojos y con la billetera- la ropa, los electrodomésticos, las casas –cada vez más deprisa, cada vez más deprisa- no produce placer: produce sólo hambre. Y el hambre es incompatible con la civilización.

Los soldados de Abu-Ghraib se formaron no en el ejército sino en Disneylandia; los bañistas de Nápoles y los visitantes del parque de Milán se formaron no en la guerra sino en la televisión y en el centro comercial. Por eso todo esta gente tan normal es tan peligrosa.

9.8.08

Cristina Peri Rossi


Nació en Montevideo (Uruguay) en 1941 y en 1972 se exilió a España. Está considerada como una de las escritoras más importantes en lengua española tanto por su obra narrativa como por su poesía.








XXIII

Y vino un periodista de no sé dónde
a preguntarnos qué era para nosotros el exilio.
No sé de dónde era el periodista,
pero igual lo dejé pasar
El cuarto estaba húmedo estaba frío
hacía dos días que no comíamos bocado
sólo agua y pan
las cartas traían malas noticias del Otro Lado.
“¿Qué es el exilio para usted?” me dijo
y me invitó con un cigarrillo
No contesto las cartas por no comprometer a mis parientes,
“A Pedro le reventaron los dos ojos
antes de matarlo a golpes, antes,
sólo un poco antes”
“Me gustaría que me dijera qué es el exilio para usted”
“A Alicia la violaron cinco veces
y luego se la dejaron a los perros”
Bien entrenados,
los perros de los militares
fuertes animales
comen todos los días
fornican todos los días,
con bellas muchachas con bellas mujeres,
la culpa no la tiene el perro,
sabeusté,
perros fuertes,
los perros de los militares,
comen todos los días,
no les falta una mujer para fornicar
“¿Qué es el exilio para usted?”
Seguramente por el artículo le van a dar dinero,
Nosotros hace días que no comemos
“La moral es alta compañero, la moral está intacta”
rotos los dedos, la moral está alta, compañero,
violada la mujer, la moral sigue alta, compañero,
desaparecida la hermana, la moral está alta, compañero,
hace dos días que sólo comemos moral,
de la alta, compañero,
“Dígame qué es el exilio, para usted”

El exilio es comer moral, compañero.


LOS EXILIADOS

Persiguen por las calles
sombras antiguas
retratos de muertos
voces balbuceadas
hasta que alguien les dice
que las sombras
los pasos las voces
son un truco del inconsciente.
Entonces dudan
miran con incertidumbre
y de pronto
echan a correr
detrás de un rostro
que les recuerda otro antiguo.
No es diferente
el origen de los fantasmas.


PERI ROSSI, Cristina. Estado de exilio. Madrid: Visor Libros, 2003.

28.7.08

Un día más con vida

A grandes rasgos podríamos describir a Rysard Kapuscinski (1932-2007) como una lupa humana que supo extraer los pequeños detalles de acontecimientos políticos, económicos –humanos– de todos los continentes menos Oceanía, el único al que no destripó el sentido de su historia inmediata. En Un día más con vida se adentra en el esqueleto humano de la guerra civil de Angola, polarizada en el bando del Frente Nacional de Liberación de Angola (FNLA) y la Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA) en un extremo, y el Movimiento Para la Liberación de Angola (MPLA) en el otro. Los primeros obtuvieron el apoyo de EE. UU. y el ejército sudafricano defensor del apartheid. El segundo, de tendencia marxista, fue ayudado por Cuba, que en su programa de solidaridad internacionalista proveía básicamente a los angoleños de uniformes cubanos con tal de atemorizar al adversario.



Ávido de experiencias, el tema de la vida de Kapuscinski, como él mismo asegura en Lapidarium IV –libro en el que recoge los pensamientos excluidos de sus reportajes– son los pobres. La pobreza es lo que este polaco, tras vivir 27 revoluciones y 12 frentes de guerra, entiende por el término eufemístico de “Tercer Mundo”: no es un término geográfico (Asia, África, América Latina) y ni siquiera racial (los denominados continentes de color) sino “un concepto existencial”. Indica precisamente la vida de pobreza, “caracterizada por el estancamiento, por el inmovilismo estructural, por la tendencia al subdesarrollo, por la continua amenaza de la ruina total, por la difusa carencia de soluciones”. Son pocos los periodistas que se atreven a analizar la pobreza en todas sus facetas sin la cínica máscara de quien busca un reconocimiento por ello. Kapuscinski bebía, comía (cuando tenía qué comer), dormía y vivía como lo hacen los protagonistas de sus reportajes, pobres generalmente secundarios para periodistas europeos. Rompe con el convencionalismo de la profesión desde el momento en que devora todo cuanto se cruza en su ángulo de visión para digerirlo después con la mente. Su ámbito de trabajo es la calle, su habitación, el mercado lleno de miseria africana. La capacidad de análisis, forjada en la época del confuso socialismo real y las atrocidades de la II Guerra Mundial en su ciudad natal, está siempre presente en las reflexiones de este polaco que comenzó su carrera como reportero casi sin pretenderlo. Una vez pudo huir de la censura a la que estaba sometido en Polonia, se dirigió a países cuya desesperación no era menor. Estos son, como muestra en sus libros, los contextos que mejor comprende y asimila. Desde El emperador, basado en el emperador etíope Haile Sessalie, hasta Ébano, una compilación de vivencias en sus viajes al continente africano, Kapuscinski brinda al lector la posibilidad de comprender el mundo a su manera.

Un día más con vida no es una explicación de la superestructura diplomática de la guerra de Angola, sino el reflejo de las vidas cruzadas por la guerra civil provocada por la descolonización portuguesa. Soldados angoleños, niños arrojados a las armas, portugueses al borde del exilio, parientes bajo la capa de enemigo, civiles confusos e ignorados…, todos ellos forman parte de la explicación que Kapuscinski hace de la guerra de Angola. Los hechos se convierten en novela autobiográfica y su narratividad hace que el lector, lejos de contentarse con una explicación coherente –lo único que suelen ofrecer los libros que explican una guerra–, busque entender, con la garantía de una narración primera persona, a la sociedad angoleña. lector comprende a través de los ojos de Kapuscinski. Se adentra en su vida.

¿Estamos entonces ante una autobiografía, un texto periodístico o una novela de aventuras? Un día más con vida lo es todo a la vez y nada por separado. Cada capítulo es un amplio reportaje informativo aderezado con la perspicaz mirada de Kapuscinski, quien refleja un estilo rebelde, auténtico e incomparable de escribir, capaz de tocar cualquier extremo de la escritura. Abofetea la rancia teoría del periodismo objetivo y deja claro que la unión entre escritura informativa y escritura creativa es más que posible. Es necesaria. Él mismo enseñaba a sus alumnos de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano –creada y presidida por su amigo Gabriel García Márquez­– a utilizar la poesía como un ejercicio lingüístico con el que beneficiar a la prosa. “Yo no soy esencialmente poeta, pero la poesía es irrenunciable para mí. Requiere una concentración lingüística extrema y eso beneficia a la prosa. Mi prosa ha de tener música, y la poesía es ritmo”, dice en Los cinco sentidos del periodista.

Decidido a alejarse de los hoteles destinados a los periodistas, el elegido mejor periodista polaco del siglo XX y reconocido con el Premio Príncipe de Asturias de la Comunicación en 2003, utiliza la intuición y la empatía como sus dos principales herramientas de trabajo. Intuición para moverse por Angola a mediodía, cuando los combatientes no atacarán “recibiendo los latigazos de un viento tórrido”. Empatía para poder humanizar a los supuestos verdugos y comprender que las historias no están divididas en buenos y malos como, inmersas todavía en el escenario de la Guerra Fría, muestran exageradamente las películas americanas. Ser empático, sin embargo, no significa no decantarse a favor de un bando u otro: Kapuscinski da su apoyo al Movimiento Para la Liberación de Angola (MPLA). Eso sí, con tal de recibir lo mismo de ellos. De otra forma, no hubiera podido moverse con seguridad por los frentes ni conocer al presidente del movimiento, el poeta Agostinho Neto. Tampoco hubiera podido sentir el mismo alivio que sus camaradas cuando amanece después de una batalla y están un día más con vida. No obstante, el seguimiento del conflicto al lado del MPLA no impide que la polifonía sea un continuo en la obra, convertida así en un conglomerado de voces rescatadas del viento y entrelazadas en prosa. Kapuscinski nos acerca a una guerra que, como todas, criminaliza a los que no pueden hacerse oír masificándolos en cifras que intentan hablar por ellos. La imagen de la Guerra, según dice el escritor con una sinceridad y un realismo atroz que apela sin tapujos al lector, es intransferible: “no se puede transmitir ni con la pluma ni con la voz ni con la cámara. La guerra es una realidad sólo para aquellos que están apresados en su interior, sangriento sucio y repugnante. Para otros no es sino una página en un libro o unas imágenes en una pantalla: nada más”.

Que la Historia, la política, la reflexión, la poesía y el Periodismo se unan en la prosa de Kapuscinski no es nada trivial en el estilo de este licenciado en Historia que piensa que el pasado ha de interpretarse a través de las herramientas cognoscitivas que se utilizan para entender el arte. El mundo contemporáneo, dice, sólo puede comprenderse usando “un globo terráqueo giratorio” y “contemplando el escenario en el que vivimos desde diferentes puntos de la Tierra”. Los angoleños, al intentar comprender su país tras la Guerra Civil que lo ahogó, seguramente se preguntarían por qué desde Occidente se comercia con los dirigentes corruptos que se han adueñado de los recursos naturales que deberían enriquecer a todo el país en su conjunto. O por qué avanza la ciencia sólo para países ricos, mientras que Angola ve morir a buena parte de la población por epidemias de enfermedades infecciosas cuyas medicinas están privatizadas por los mismos que compran diamantes y petróleo a precios irrisorios a los dirigentes corruptos. Kapuscinski ya no está para contemplar sus ruegos y contextualizarlos en el papel. Las letras que hablan de su situación tampoco llegan a una sociedad en su mayoría analfabeta. Por suerte, en el mundo occidental sí podemos leer las obras de este reportero –considerado ya una reliquia en el mundo del Arte– y, al menos, comprender la situación de los africanos conociendo su pasado reciente. Un día más con vida, junto a Ébano y otros tantos del autor, es una herramienta fundamental para no caer en el egocentrismo que acecha a la población occidental.