28.3.11

Largas vacaciones


Podría decir que los recuerdos llaman a mi puerta. Pero no, lo que en realidad hacen es romper la cerradura y entrar a la fuerza, y me pillan en bragas tirada en el sofá con una ridícula taza de té medio frío. Todo ha acabado. Y se quedan ahí, en un violento uso indebido del espacio privado, y podría decir que perpetran a cada minuto un robo a mano armada, pero en realidad mentiría si omitiera que soy yo la que voluntariamente les cedo mi tiempo. Acabado. Finito. Así que bebo té amargo y frío con la consiguiente mueca de asco en mis labios y me dispongo a experimentar ese suplantamiento de personalidad que es recordar: una imposición, un allanamiento de morada mental, eso es lo que sois. Finito. Ya. Parad. No quiero que me atraiga vuestra mirada indecente y agresiva mientras bebo en bragas.
Pero me atrae.
Me atrae como si en realidad se tratase de una especie de sacrificio místico, como si recordar con amargor me ayudara a saber
por qué
estoy
aquí.

Y es que no se acaba. Son puntos seguidos en un hipertexto que te reescribe constantemente.

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