20.1.10

Micro I



Andrea sabía el idioma. Catalana de nacimiento, llevaba siete años viviendo en Holanda, con el plus de haber vivido otros cuantos con Steven, su novio neerlandés al que muchas veces se dirigía como Esteban. Sus conversaciones, bizarras donde las haya, solían desprender un batiburrillo de idiomas que las hacía extremadamente divertidas para la oyente.

-Amor -decía Steven con la inseguridad del extranjero que sólo aprende por asociación de palabras-, me pasas mis cigarros?

-¡Claro! Toma. Oye, do you remember the grunge guy we knew in ACU?

-Dankuwel. Yes, the tallest guy, en scheer.

-That. He called me, maybe they have a new house for us. Así que we´ll attend the kraakspreekuur next Dinsdag! -por alguna extraña razón, el fluído inglés que hablaba Andrea carecía de conectores, por lo que utilizaba los del castellano.

-Oh! Goed, goed!!

Vivían en su furgoneta, una vieja Wolkswagen verde tuneada por dentro con pelo sintético de leopardo y pósteres de Motorhead. Se la habían comprado a unos vecinos del padre de Steven sólo unos meses después de conocerse en Groningem. Él le dijo a ella: ¿querrías hacer un viaje conmigo? Y Andrea, con su pelo rapado por un lado y una de sus faldas-hechas-a-mano ultracortas que vendía en ferias y festivales, le contestó pagando su mitad del vehículo.

En F. Puppy, la casa okupa elegida para la reunión pre-squat action, se congregaron unas veinte personas aquel día. Cuantas más mejor, cuantos más seamos mejor, decía Andrea enérgica. No era la primera vez que lo hacía. Ya en Groningem había ayudado a okupar casas después de haber tenido una mala experiencia con el sistema anti-kraak, el que se preocupa de alquilar pisos inhabitados por rentas bajas para evitar la incursión okupa. Los derechos de los arrendatarios anti-kraak son menores incluso que los que pudiera tener un okupa, ya que muchas de las veces carecen de servicios básicos como calefacción o agua, no pueden modificar nada en el inmueble y su contrato puede rescindir de un día para otro sin repercusiones legales para el propietario.

Pero esta vez era distinto, esta vez la casa era para ellos. Es exactamente lo que queremos, un local de logopedia pequeñito, con espacio suficiente para nosotros dos, había dicho Andrea un poco antes en la furgoneta, de camino a F. Puppy. Qué bien, qué bien, mentía yo mientras pensaba en eso de las viviendas colectivas y acciones que poco tenían que ver con crear un hogar parejil al uso.

La cerradura cedió con facilidad. Todos se acomodaron en esquinas, alféizares y baldosas y esperaron. Las primeras horas, los primeros días, es mejor que haya mucha gente. Tras instalar un colchón y una silla, utensilios que, junto a la mesa que les ofrecía el lugar, son considerados por la “ley doméstica” como básicos para crear un hogar, llamaron a la policía. Ojalá tengáis suerte, les dijo uno de ellos al comprobar que todo estaba en orden. Pero, si bien los okupas en Holanda gozan de la posibilidad de tramitar burocráticamente una okupación, los propietarios también están informados de las soluciones que pueden tomar al respecto.
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A la mañana siguiente tocaron al timbre. Dos gorilas se presentaron: venimos de parte del propietario. Y, tras la consiguiente amenaza y chanchullo de papeles que demostraban que el bajo estaba alquilado, Andrea y Esteban tuvieron que abandonar cualquier expectativa de vivir en aquella antigua logopedia. A las pocas semanas, no sé si por necesidad o resignación, alquilaron un apartamento.

14.1.10

El pequeño salvaje


- ¿Qué pasa ahora?

- Acabará muriéndose aquí. No hacen más que exhibirlo como un fenómeno.
- Escuche, Itard. Este niño es un ser inferior. Es peor que un animal.
- Precisamente. A los animales se les cuida, se les educa, ¿por qué no se le puede educar a él también?
- ¿Cree que se le puede educar?
- No lo sé, pero no sirve de nada sacarlo del bosque y encerrarlo aquí como si lo castigaran por haber decepcionado a los parisinos.
- Escúcheme. Yo creo que es retrasado.

L´enfant sauvage. Truffaut.


(...) It is no coincidence that the film of Truffaut takes place in 1798 and in Paris, at the end of the French Revolution, when the concept of “citizen” grasps its highest meaning under the proclamation of the “Declaration of the Righs of Man and of the Citizen”. The dichotomy savage/ civilized, formed during the Age of Enlightenment, will be established as cultural imaginary of the Modern Europe, and the opposites nature/ civilization and rationalism/ irrationality will lead to the separation of the Modern Being from the nature and his/her subordination to the city. This radical fracture entails a new idea of the (modern) Human Being, bound up with the world´s bourgeois concept, based in the “setting up of the Man as lord and master of the nature”. The categorization of the savage as “subject to dominate, domesticate and civilize” just makes sense, therefore, with the learning of the modern dichotomy between Western reason and savage nature.


12.1.10

Bless you


Te agachas frente al pastel, con las manos sobre la mesa y los brazos rectos como estacas. Lucen las velas y todos los presentes gritan apágalas, venga, apágalas. El ambiente es de rojo y verde saturados, como en El Maravilloso Mundo de... y tus pestañas llegan hasta el techo, tu escote hasta el suelo y en tu culo la mano de él, la Flor en el Rabo del Diablo, sueña que sueñas, como la hija del Dr. Parnassus, con una casita edificada en una zona residencial, con sofás blancos y parqué y moqueta en la que se sientan tus dos hijos, justo abajo de tu Tú rodeado por el brazo de tu marido (ca-sa-da), que habla entusiasmado sobre su día en la Empresa. Porque la hija de Parnassus, el asombroso inmortal cuyo pacto con el diablo le permite edificar todo un mundo en la imaginación de cada una, no quiere volar ni poseer lagos ni oler a chocolate cuando pise el barro, sino formar una familia nuclear burguesa y leer la Times, la Flor en el Rabo del Diablo.

Tú lo sabes y suspiras. Su mano está cada vez más adentro, intentas detenerle mientras los demás dan palmas y alborozan entre tanta edulcoración, pero sería como terminar una conversación con un estornudo. Sin taparte la boca, llenando a tu interlocutor de mocos y diciéndole adiós mientras te limpias la boca con la manga. Así no se lidia con las convenciones. Sopla, sopla, sopla. Y aunque tus referencias sean de películas comerciales, tan vapuleadas por Los Otros, tú sabes que existe Jarmush y Kiewlowsky y Makavejev y que Los Otros son el diablo. A pesar de Las Flores del Mal. Entonces tragas saliva y te preparas para la embestida, como esas jovencitas virginales frente a los vampiros púber que colonizan las pantallas.

Su mano transpasa la frontera del mundo sólido y se adentra en tu cuerpo, tan lleno de jugos y de miedo, se adapta y crecen sus dedos como raíces. Soplas. Bless you. Aún eres demasiado joven para desear algo.


26.12.09

navidad

No es original decirlo, pero cuando traspasé la puerta blindada-dorada abandoné, durante un tiempo indefinido en términos existenciales, el frío calmo y confidente que se respiraba en Madrid. Dentro sufriría un calor infernal propio de la calefacción central de una comunidad adinerada a la que poco le importan las admoniciones del gobierno central en cuanto a ahorro de energía.

Lejos de ser confortable, ese calor era un enemigo que trastornaba mi percepción de las estaciones, como un jetlag que te obliga a dormir aún siendo de día. Tuve que pedir una camiseta de manga corta, y así comenzó el trastorno, la somnolencia y la transformación en fantasma. Mi vertiente más cercana a la versión moderna de la feminidad fue atacada con un “quítate los tacones que estropeas el parqué” y mi lado rebelde, si es que vale la pena nombrarlo, se quedó fuera, con el viento y la lluvia, por resignación. La pérdida de todas mis facetas de cara al público conllevó la pérdida del habla, a lo que La Familia, en petit comité de situación de emergencia, decidió que la mejor forma de comunicarse era disponiendo de respuestas presupuestas y preguntas previamente formuladas. Una sabia elección: qué mejor que jugar al Trivial para pasar la Nochebuena en Paz.

Y así es como acumulé una retahíla de datos innecesarios: tanto preguntas como respuestas, ya que de tanto jugar me terminé aprendiendo ambas, lo que provocó un cambio en las reglas del juego y la consiguiente disminución del abanico de preguntas. Pero no hubo Losantos ni comunismo ni cinismo ni sudacas ni platos sucios en la mesa. ¡Quién lo iba a decir! ¡Si hubiésemos descubierto antes este anestésico de pasiones ahora la familia estaría al completo! Únicamente comentarios colaterales a preguntas provocadoras como “¿Qué etnia asiática penetró en la península ibérica durante el siglo V?” exigían una rápida intervención de mi tía: “¿Los alanos? Sí, ¡pues ahora bien que la están reconquistando!”.

Pero yo era transparente y, recordemos, no tenía habla, así que poco podía hacer más que aprender que la estructura molecular de la morfina es C17H19NO3, que Joan Laporta presidió la plataforma Elefant Blau, que la capital Moroni es de las Comores o que karaoke significa en japonés “orquesta vacía”. Y, de acuerdo con el imaginario popular, estos datos otorgarán a mi mente una inteligencia y unos mapas conceptuales que, si no salvarán al mundo de una crisis o un cataplasma nuclear, al menos me mantendrán alejada de la cola del paro. ¡Trivial Pursuit debería regalar Zapatero en los colegios y no portátiles!

Luego, a la noche, mi somnolencia de teatro me delató y fui incapaz de acostarme a una hora que se acercara a la de las demás actrices. Y no fue precisamente la programación nocturna lo que me mantenía en pie, sino el más radical aburrimiento: juro que hubiera podido contar las 625 líneas de la televisión si no fuera porque ahora la novísima TDT es, como indica su nombre, digital y no analógica. Me conformé, ya que recientemente prometí no abstraerme en los concursos-estafa de las madrugadas, con un vaquero Contesti cabalgando un lago de hielo, con los saltos temerosos de un jovenzuelo español y con la caída del ganador francés Brian Joubert. Sorprendentemente me gustó, y tuve una excusa para seguir los juegos olímpicos de Vancouver de 2010. El patinaje sobre hielo masculino te otorga, si no una vasta cultura, al menos el regocijo de observar esos cuerpos esculpidos a base de caídas dando ritmo a tus horas muertas.

Gracias a los deportes de invierno.

Viva el frío.

13.12.09

A la atención de la lector/a: esto es un experimento. No se sienta atemorizado/a por los (demasiado grandes para mi gusto peroquélevamosahacer) reproductores que fragmentan el texto. El modo de uso es fácil: según vaya leyendo y se encuentre con uno, actívelo y siga leyendo. Espero que sea de su agrado.
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Llevaba un cuchillo. El asfalto pedregoso y las luces de neón de los locales de prostitución -las únicas fuentes de luz- formaban un claroscuro que resaltaba el reflejo del filo. Lo había visto brillar frente a mi, clavando en mis pupilas la luz roja de las calles, inventando un exclusivo infierno como un carnicero que hace música con la cortadora de carne. Ahora me perseguía. Si le daba la espalda emitía agudísimos sonidos: berridos que en mi tímpano convertían los segundos en horas . Yo gritaba con los oídos taponados por aquel irrisorio canto de la muerte, pero no me podía oír. A veces alargaba el brazo y la punta rascaba la piedra de las paredes. Entonces podía ver la cara de horror de la gente que escapaba al ver saltar las piedrecitas como pavesas.

Pero yo no huía. Eso era algo entre él y yo. Hacía tiempo que no temía a los objetos afilados. Yo (yo mi me conmigo) era la protagonista de Un chien andalou. Mi reflejo me escandalizaba. Rojo, amarillo, negro, rojo, rojo, rojo. Aligeraba el paso y mis ojos suplicaban como un grito sordo de Tom Waits : quiero sentir.

Me paré en una de esas oscuras esquinas hechas para violadores y atracadoras. En unos segundos apareció de nuevo frente a mí. Brillante, afilado, dentro. Más adentro. El cuchillo se clavaba como lo hace el tenedor del chef para comprobar que la carne está hecha. Despacio. Yo (yomimeconmigo) sólo era carne. La sangre corría por mi barriga, empapaba mi ropa y me manchaba las manos. Más adentro. Yo, reflejo isomorfo en el filo; yo, portadora del cuchillo, había tomado mi primera decisión carente de egoísmo. Sin relativismos.

30.11.09

Otra vez insomnio

Mi suite, mi cuarto
menguante
en el que yo también encojo.
Lejos Pizarnik, prisa desafiante: viene Capote
busco energía (música): aporreo el libro de sociología,
detesto la soledad lectora, la luz dura enfocando
la causa y el efecto, la prosa, el porno
de la ciencia y el postmodernismo; pero
I happen to be european
ceno a las 6 y me olvido de los somalíes, Irak, Afganistán
y de la crisis porque aquí
ya es Navidad.
Ando cínica por el barro con olor a heavy metal
temerosa, deseosa
de ver las célul(os)as
que surgen tras la división.

14.11.09

La isla

Hacía frío, cómo no. Pero tenía que salir, debía celebrar que, ahora sí, tras la pérdida de su pasaporte y sin números que apalabraran su existencia, era totalmente transparente. Incluso podía afirmar, casi con total seguridad, que su bicicleta también lo era. Pensó en bajar al metro, pero qué va. Hacía tiempo que estaba inundado, inservible. De hecho, ella hacía su vida en la ciudad, antaño sede de la clase poderosa intelectual, ahora lugar poroso donde la gente de las profundidades vivía e incluso había conseguido leyes que avalaran su modo de vida. Esa era una de las cosas que la hacía sentirse entre el paraíso y el infierno, en un lugar neutro donde los católicos reverentes pueden pasearse por una sutil calle donde las prostitutas, desde sus escaparates, intentan enseñarles lo mejor de la ciudad. A veces incluso se sentía un poco voyeur si alteraba su posición neutral subiéndose a la Domtoren, la torre más alta de la ciudad, y viendo a todos esos comerciantes, amantes y estudiantes encadenándose unos con otros como si de un trabalenguas humano se tratara. Pero eso pasaba poco.

Pisar hojas mojadas, recorrer el pasillo flanqueado por árboles amarillos, alegres en otoño pero no de noche: oscurecía y el suelo agrietado por las raíces de los árboles parecía bañado en tinta negra. No había nada de poesía en todo aquello y entonces era cuando más le gustaba conducir la bici y sumergirse en la mecánica del pedaleo. Podía recordar a aquel altísimo melenas, un grunge desaliñado con acento neerlandés que se relamía diciendo “that´s a piece of cake” tras haber roto la cerradura de una casa. Podía incluso reconocer sus ojeras entre toda esa gente que le venía a la mente mientras pedaleaba a lo largo del canal. Mismas ojeras, distinta pupila. Poco a poco llegaba al destino.

La mujer, de unos cuarenta años, estaba tumbada en una cama empotrada a lo largo del espacio que dejaba un ausente asiento de copiloto y la parte de atrás del coche. Era muy corriente entre las gente de las profundidades modificar coches, casas, bicis y demás materia y convertirlos en algo pomposo y útil a la vez. Ella siempre solía ir allí cuando necesitaba algo, ya fuera droga o una cubertería. Era una especie de mercadillo sin puestos fijos, donde cualquiera podía ir a vender lo que ya no necesitaba. La mujer en concreto vestía siempre los mismos bombachos y la misma camiseta, como si hubiese sido plastificada con ella. Lo cual, todo hay que decirlo, no era muy higiénico.

  • ¿Qué hay querida? -la espuma de cerveza saltaba desde su boca como esputos.

  • Venía a por otro bote de pintura, creo que con uno no es suficiente.

  • Yo creo que lo es -decía mientras se levantaba de la cama improvisada y entornaba los ojos examinando su cara-, creo has cubierto todos y cada uno de tus poros, nena.

  • Pero todavía me siento desnuda, me sonrojo y me da la risa floja cuando hablan conmigo. No me ayuda mucho a integrarme -bajó la cabeza mirando al suelo, avergonzada.

  • ¡Ja! -exhaló con un tono ofendido mientras espolsaba ceniza que había caído en su pantalón-, ¿qué esperabas que fuera? ¿Fácil? Esto no es turismo, chica, no se trata de visitar tres lugares importantes y creer que ya lo sabes todo sobre la ciudad. Las profundidades exigen muchas más paciencia y dedicación.

  • Ya lo sé, por eso te pido otro bote...

  • Está bien, toma, puedes probar a ponerte mil capas. ¿Qué color quieres hoy? ¿Vas a seguir con el verde?

  • Eso creo, sí.

Salió casi corriendo de allí, fugándose de ese ambiente que hubiera definido como casi en estado de putrefacción. Le dolía, pero todo lo que la mujer le había dicho era verdad. ¿Qué esperaba? ¿Llegar y ser santificada? Se acordó del húngaro, el tipo que conoció en ese mismo mercadillo y le animó a seguir adelante, a visitar los sitios donde ellos se solían reunir. Tomaba café descremado y ese detalle hacía que ella se sintiera más cercana a él, porque era como si las cosas pequeñas no tuvieran ninguna importancia para las demás gentes. Pensó en ir a verle, en enseñarle su sonrisa casi metálica a causa la pintura. Pero decidió que no, que se iba a casa. Su cara chorreaba verde, tenía tanta pintura que temía no poder quitársela cuando llegara.

El suelo de su habitación parecía asfalto mojado, y todas las paredes se reflejaban en él, como si estuvieran cayendo y engulléndola poco a poco. Fue directa a la cama, intentando esquivar el vaho que salía de su boca y anunciaba, como un micrófono, que la calefacción estaba rota. Bufanda, dos pares de calcetines, un somnoliento bostezo y a dormir. Su habitación era una isla, de eso no cabía duda. Y para salir de ella, un nuevo bote de pintura verde la esperaba justo enfrente de la puerta.


23.6.09

Jorge Tarch



Nunca había equiparado cantidad de obras leídas con reconocimiento de las suyas, puesto que, si lo hubiera hecho, tendría que haber dejado de leer probablemente durante toda su vida. Se decía a sí mismo que sería un mecanismo demasiado presuntuoso; como no comer nunca pan por no saber hacer la masa. Un día, al escuchar una conversación de una miembro de jurado de premios literarios, lo comprendió todo. Fue una tarde que decidió visitar, pese a su antipatía por el arte partidista, una exposición de carteles de Josep Renau. Jorge Tarch sintió una punzada cuando un hombre a sus espaldas dijo, poniendo como ejemplo los carteles del comunista valenciano, que se necesita una dictadura para que aflore la capacidad metafórica de los artistas.

Resguardado por su espalda, Jorge frunció el ceño para pensar debidamente que esa persona debía vivir en la nada, la no existencia, con los pies pegados al techo y alimentándose de latas. ¿Cómo podía asegurar que hoy en día no había creatividad? Sobre todo, ¿es que no sabía que Renau fue cartelista de la república y que prolongó su exilio desde el principio hasta el final del franquismo? ¿Para qué iba a una exposición si ni siquiera leía las letras grandes que la introducían? Ya estaba a punto de girarse para entablar un ávido debate -en el cual se presuponía a él como claro ganador- cuando se percató de que la conversación había llegado a cauces que le interesaban. La acompañante del hombre había relevado su comentario con otro que, si no le daba la razón, seguía la conversación sin contradecirlo:

-Sin censura parece que se está consiguiendo el mismo efecto que en una dictadura. Las obras son cada vez más homogéneas, no hay imaginación para crear nuevas tramas. Yo lo noté mucho cuando participé en aquellos premios de literatura juvenil.

-¿Los de tu pueblo?

-Sí. Todos hablaban de lo mismo, y se notaba muchísimo qué relato era de chica y cuál de chico: las primeras hablaban de amor, las típicas historias cursis. Los segundos escribían sobre robos, asesinatos, luchas... Pero todos coincidían en algo: siempre había una muerte de por medio, como si sin muertes los textos no tuvieran la más mínima importancia.

-Bueno, pero no puedes generalizar una tendencia que has observado en relatos que manda una porción de asiduos a la literatura. Los grandes novelistas intentan salir de los tópicos.

-Los tópicos, si no fueran generales, no existirían. Lo que quiero decir es que nadie escapa a ellos. Si bien porque los utilizan, si bien porque intentan alejarse de ellos, los tópicos siempre son el epicentro de la literatura, son “el lugar común”.

-Pero entonces nunca ha existido creatividad, porque siempre han existido tópicos y cánones que seguir o de los que escapar. ¿Cuál ha sido entonces el mecanismo que ha hecho posible que se pase de la literatura grecolatina al romanticismo?

-Creo que me has entendido mal. Yo no digo que el lugar común sea perjudicial para que el arte evolucione, ¿por qué si no para aprender a pintar hay que aprender primero todas las técnicas antiguas y modernas? Lo que yo temo es que el tópico común y general a todos se generalice, que sólo exista el tópico y no su contrario.

La mujer hablaba muy rápido, como si el tiempo de respuesta estuviera cronometrado o el espacio aéreo para exhalar las palabras fuese prestado. Jorge dirigió un “gilipollas” con la mirada al hombre de los “grandes novelistas”, que no se percató, y pensó que posiblemente ninguno de los dos había leido las obras correctas para apreciar la creatividad contemporánea. Se dejaban, además, el elemento “mercado”, guía considerable de los tópicos a seguir por los novelistas del momento. No hay duda de que existe creatividad, concluyó, puesto que nunca han dejado de existir esquizofrénicos con un pensamiento altamente metafórico.

Sus pasos dejaron de seguir a la pareja y se dirigieron a la salida. La conversación se había desarrollado de una forma interesante, pero a Jorge ya no le importaba la conclusión a la que llegaran. Él ya había deducido una cosa mucho más interesante: a la miembro de un jurado de premios literarios le interesaba el contenido y no la forma de lo que leía. Jorge Tarch dedicaba todas sus horas a elaborar un lenguaje transparente con unos párrafos en su justa medida. ¿No es eso lo que todo lector ansía? Los más reconocidos no son los mejores, que se lo digan a Fante, se dijo en un alarde plañidero. El proceso, pensó, es el mismo que el de las grandes editoriales.

Él mismo había intentado, sin éxito, que varias editoriales se fijaran en él como corrector ortográfico mandando periódicamente una enumeración de las erratas y errores que iba encontrado en los últimos títulos. Pretendía que fuera como un aviso para los editores: “tus correctores no lo hacen bien, contrátame a mí”, parafraseaba imaginariamente. Estaba completamente convencido de que las grandes editoriales harían excepciones metodológicas por un cliente que trabajaba para ellos gratuitamente. Así que, después de haber corregido veinte libros de Seix Barral y quince de Tusquets, decidió centrarse en editoriales más pequeñas y especializadas, con el consiguiente fracaso en lo que a obtención de puestos de trabajo se refiere. A veces Jorge Tarch no dominaba la perspectiva, y se convertía en un niño que desde su ventana ve tres o cuatro del edificio de enfrente y cree que donde él vive es mucho más grande.