26.6.10


Parecía una chica mucho más joven que nosotros. Pero estaba llena de secretos. Te miraba a los ojos y, no sé, sabías que podía suceder algo, que, en cierto modo, ya había sucedido algo, aunque tú te hubieras quedado fuera, pero ella lo había vivido, se había entregado.

Compañeras de viaje. S. Puértolas.


De repente todas las canciones saben, sospechosamente, algo de mí. The cure es hirientemente triste. Sky and Sand describe. En el aire flotan los códigos que necesitamos para entendernos: frases, excusas, explicaciones; todo está ahí, a disposición de quien quiera utilizarlas. Mucho más fácil que buscarlas por tu cuenta. Tan manidas por todos. Tan conocidas. Tan superficiales como lo que se escribe en la arena.




21.6.10

otra vez Helena

I


Retumba el suelo. La vecina de abajo anda y Helena siente sus pasos a través del suelo de su comedor, ahogados por la moqueta. Seguramente ha llegado ahora de alguna fiesta. Tras un suspiro autocomplaciente, llena otra copa. Es el vino más barato que había encontrado esa tarde en el supermercado, el Estrella Rosado.

Para servirlo se levanta y, con la espalda muy recta, dobla su cuerpo por la cintura, justo donde su brazo izquierdo descansa. Ahora ya es toda una camarera profesional sirviendo el mejor de los vinos que pueden existir en una cata de sommeliers que ella y su camisón rojo representan. Aunque ella no escupirá el vino. No. Le gusta jugar con la antítesis del valor y el coste del producto, y ese vino de dos euros tiene mucho valor para ella. Desde el momento en que lo bebe sola, cualquier vino es tan especial como para considerar que escupirlo sería una ofensa. Hay que tragárselo, dejar que el cuerpo se alimente con él como quien se unta oro como tratamiento estético.

En la mesa, los llamativos colores de una Visa Compras, un libro rosa fucsia de Álvaro Pombo y una cajita verde fosforescente de Lucky Strike donde guarda la droga se hacen la competencia. Pero sin duda lo que más brilla es la pantalla del portátil.

La ventana está abierta y Helena se siente arropada por el infinito paisaje nocturno espolvoreado de luces trasnochadoras. Sabe que probablemente alguien se ha detenido, aunque sólo sea dos segundos, a resolver el escenario en el que se encuentra. Su silla, la estantería de enfrente de la mesa y un sofá del que disimuló su corrosión con un cubre de ganchillo que le regaló su madre hacía años son los únicos elementos en su diáfano salón. No hay cuadros ni figuras: como única decoración, un reloj colgado en la parte de arriba del mueble-bar que conecta el salón con la cocina mueve el silencio.

Helena es consciente de que está siendo observada y le gusta la sensación. Siempre le ha gustado. Incluso ahora, a sus cuarenta y dos años, sigue tildando de inocente el exhibicionismo que practica.

A los trece tuvo su primera experiencia. Fue una noche que estaba sola en casa. Desde su habitación podía ver las casas iluminadas del edificio de enfrente y se sintió impulsada a regalar una visión fortuita: simuló que un cuaderno se le caía y se agachó de espaldas a la ventana, prediciendo que la camiseta larga que llevaba se levantaría hasta la altura de la rabadilla. Después, lentamente, se giró para ver si su plan había atraído a algún mirón en potencia. En efecto: el vecino de enfrente se encontraba en su ventana, haciendo como si ordenara unos papeles mientras miraba por el rabillo del ojo. Helena lo sabía porque ya le había pillado más de una vez escudriñando, aprovechando el poco espacio que el pasaje de la calle dejaba entre ambas fincas.

La niña se acercó a la ventana y miró descaradamente hasta conseguir que el hombre, de unos treinta años, se diera por vencido y dejara de lado cualquier convencionalismo. Entonces se quitó la camiseta, quedándose en bragas con una determinación pasmosa. Con el tiempo mejoraría en sensualidad. El vecino se acercó más a la ventana e incluso la abrió para sacar la cabeza buscando ese sentimiento lejano de posesión que se tiene con la proximidad, como quien se acerca al mostrador del dependiente mientras hace cola creyendo que así tardará menos en ser atendido.

Helena comenzó a acariciar su piel desde el cuello hasta llegar a la vagina. No había un atisbo de humor en la situación sino una dulce agresividad que revivía algo ya existente dentro de su pequeño cuerpo: algo visceral, caótico y erótico, pero definitivamente algo suyo y de lo que ella era la única protagonista. Se sentía un desnudo griego, un cuerpo cosificado y deseado del que no escapaba ningún rictus, ningún sentimiento. Era una vía, su cuerpo era la vía sexual para que ella, desde sus entrañas, sintiera su propia sensualidad. Ésta sí, única e intransferible. Mucho mejor que ver los videos codificados de Canal +.

En ese momento de descubrimiento se abrió la puerta de su cuarto. La joven se giró bruscamente. Un segundo fue suficiente para que la Helena niña fuera consciente del panorama. Se agachó, casi en caída, para encontrar su camiseta tirada en el suelo. No había contado con la posibilidad de ser descubierta. Sintió como si una tonelada de acero al rojo vivo hubiera caído sobre ella. Su madre, tras aventurar un qué haces, avanzó con nerviosismo desde la puerta a la altura de su Hija Desnudo y entonces comprendió lo que estaba ocurriendo. El vecino huyó de inmediato al ver la cara alarmada de la mujer, quien dejó escapar un ¡aahhhh! seco mientras su bolso se caía. Tras mirarla con ojos llorosos, como si acabara de descubrir al mismo diablo en un cuerpo de doce años, salió del cuarto dejando a Helena, ahora sí, desnuda y avergonzada.

Después de pensar durante un rato alguna excusa que minimizara las claras pretensiones de la imagen que su madre había visto, Helena se dirigió al salón arrastrando los pies y con un tambor por corazón. En el sofá, su madre lloraba con la cabeza agachada y los dedos pulgar e índice derechos apretando fuertemente los ojos. La niña se sentó a su lado y miró al frente abstrayéndose en el gotelé de la pared.

- Qué he hecho mal, dime, qué es lo que he hecho mal -la voz de la madre, dramática y angustiada, sonaba entrecortada por pequeñas y violentas aspiraciones de aire.

- Mamá... lo siento -Helena Culpable, la Helena avergonzada, no había encontrado ninguna excusa que no pareciera un intento de tomar el pelo a su progenitora-. Lo que más siento es haberte decepcionado -dijo con dificultad para después subir las piernas al sofá y esconder la cabeza entre sus pequeñas rodillas.

Se quedaron en silencio, ambas llorando. Un sentimiento cristiano de suciedad se respiraba en el aire y atropellaba cualquier otro pensamiento en sus cabezas. Helena no podría volver a mirarle a los ojos. Qué difícil sería ahora comer juntas o ver en las películas de la tele las “escenas escabrosas”, como decía su madre justo antes de cambiar el canal. Ahora sabría que ella disfrutaba con esas escenas. Incluso le quitaría la televisión de su cuarto para que no tuviera la tentación de ver por las noches canales locales que, previamente desprendidos del sonido, mostraban videos de negras penetradas por hombres musculosos con antifaz. Mejor. Helena Impúdica tenía que purificarse para volver a mirar con dignidad a su madre. Helena Guarra no podía sentir ese cosquilleo en la barriga al ver todas esas cosas sucias. Helena Indecente tenía que protestar cuando se sentía seguida por la mirada del vecino. Debía volver a ser inocente y pura. Por su madre. Por ella.

- Bueno, vamos a hacer una cosa -concedió Madre Piadosa sonándose los mocos-. Esto va a quedar entre nosotras y lo vamos a olvidar. No vamos a volver a hablar de ello nunca más. Lo vamos a olvidar y haremos como si no hubiera pasada nada, ¿vale? -la reputación de ambas estaría de esta manera protegida-. Como pille a ese cabrón...

- Vale -cerró Helena Perdonada con un hilillo de voz-. Gracias, mamá... -dijo en su susurro casi imperceptible.

19.6.10

Aeropuerto

Debería haber concursos que midieran quién empaqueta mejor las cosas. Es todo un arte. Doblar las camisas y enrollar los pantalones; asegurar un buen colchón para las tazas -los regalos más preciados- y meter lo más pequeño dentro de ellas, para que el hueco no quede vacío. Hacerla el día anterior y preveer el sitio para el neceser. Ejercitar los abductores para cerrarla. Asegurar una chaqueta a mano, por si acaso.

Yo la hice, y muy bien hecha, ayer. Así por la noche podría salir. Llegué a las dos a casa y me acosté sobre las tres. A las cinco, mi reloj biológico ha dicho que era hora de levantarse, aunque no hubiera nada más que hacer que esperar la salida. Lenta despedida, me he dicho. He recogido lo último, me he vestido y he cerrado a duras penas la maleta después de insultar a la fábrica-madre unas diez veces. ¿Y ahora, qué?

Me he puesto a ver Lost in Translation. Cuando la vi por primera vez, recuerdo que me aburrí. Muy lenta. Mi madre, que se durmió, coincidía en el análisis. Mis amigos en cambio dicen que es una buena película. He decidido darle otra oportunidad. Y así es como sobre las siete he empezado a verla, riéndome con Bob y su actitud escéptica frente a todo, incluso frente a la japonesa que le pide que le “raslgue” las medias. El personaje de Johansson, en cambio, me ha parecido bastante melífluo, con una actitud ambigua que, supongo, sería cosa de Soffia Coppola. Pero a mí no me pega ni con cola. No, yo no quiero que se susurren cosas al oído ni que se besen al final. No quiero una historia de amor. A mí lo que me ha interesado de esta película es cómo dos personas perdidas en un entorno totalmente lejano para ellas se apoyan la una a la otra. Cómo buscamos siempre ese sentimiento de proximidad por similitudes culturales, como por ejemplo la lengua. Y cómo las necesitamos, queramos o no. Esa es la verdadera historia entre el madurito y la joven casada.

Pienso todo eso ahora, en el aeropuerto, el nowhere de los sitios, donde los productos están libres de impuestos pero sin embargo las personas tienen irremediablemente una carga. Todas esas pertenencias que previamente han colocado lo mejor que han podido; tazas que algún día alegraron el día a alguien; libros que le salvaron. Pero no sólo cargamos objetos, sino también todo un universo de expectativas que crecen o se evalúan. El aeropuerto es el no-lugar, donde todo el mundo flota a diferentes alturas, según el tamaño de la maleta. Y en el aire sólo hay tentáculos que exprimen la barriga de una, como si todo un mar cabreado se concentrara ahí dentro. Como si no supiera qué va a pasar, cuál es en realidad mi destino. I'm... lost in translation.

14.6.10

Farmacopornografía



"Mi cara no es el espejo del alma, es el espejo de la medicina plástica de la España de los ochenta".

"Veo el cuerpo como arquitectura, como relación con las instituciones médicas, jurídicas y políticas".

"Busco alternativas radicales a la cultura de la guerra, y una es el acceso igualitario a las técnicas de la violencia. Toni Negri decía: hay que darle armas al pueblo, puesto que el Estado está armado. Yo diría: hay que darles armas a las mujeres, puesto que los hombres están armados".

27.5.10

Echo de menos que me regalen libros



Inscripción en una de las casas okupas de Spuistraat, Amsterdam.

Experimento interpretativo



Yo ya oí eso de que las palabras se las lleva el viento. Incluso he visto el dicho simbolizado en letras escritas en la arena de la playa. Lo que no había visto es trasladar esa arena de la playa y escribir con ella poemas en una de las plazas más importantes de la ciudad. Esto es parte del festival a/d Werf, que se celebra estos días en Utrecht y donde se mezclan actuaciones musicales, obras de teatro y la pequeña performance de la que os voy a hablar.

Lo interesante de esta obra no es que se escriban varios poemas con arena en una plaza. No, eso es un valor añadido a lo que hay detrás de los poemas, que en realidad es un sólo poema con todas sus variaciones interpretativas, al estilo de la diversidad dialectal que puede tener una lengua.

A partir de una poesía de la artista británica Anne Bean, escrita en inglés, intérpretes no profesionales han hecho una serie de traducciones a otras lenguas. Hay que añadir que no ha supuesto mucho esfuerzo encontrar a personas que hicieran las traducciones, ya que el 85% de los residentes en Utrecht (ya no te digo en toda Holanda) hablan al menos tres idiomas.

El mecanismo es el siguiente: el poema se va traduciendo a diferentes idiomas hasta sumar 19 en total (farsi, noruego, papiamento, portugués, alemán, croata, francés, italiano, bosnio, español, finlandés, mandarín, griego, árabe, islandés, turco, polaco y egipcio), pero siempre con una traducción de vuelta al holandés en cada una de las lenguas. Al final, el poema resultante vuelve a traducirse al inglés.

Es muy interesante ver cómo el texto cambia totalmente tanto de significado como de forma. Me recuerda a "El teléfono", un juego infantil en el que nos poníamos en corro e íbamos diciéndonos al oído una frase que cuando llegaba a la creadora o creador siempre resultaba distinta de la primera.

Este ejercicio pone de manifiesto el principio semiótico de la interpretación como moldeadora del mensaje: los participantes entienden la esencia de las palabras cada uno a su manera, e intentan destripar su significado. De esta forma, la identidad de cada uno está plasmada en cada una de las traducciones.

He incluído más abajo varias de las versiones, las que he creído que entenderíamos mejor. Me he saltado la parte del farsi con mucho disgusto (aunque quisiera, ni mi teclado entiende los caracteres) porque a partir de ella el poema cambia radicalmente, incluso de longitud. Pero bueno, las siguentes traducciones nos dan una idea del desarrollo que ha tenido el experimento.


Poema original

Identity discolours self.
It is not our ‘who’

but our ‘what’.

Our ‘who’ is acquired
and permeable.

Our ‘what’ is our beingness,
A short journey on

a small plan
et. We are what
and
what and who.



Versiones

'Identiteit verkleurt het zelf.
Het is niet ons 'wie',
maar ons 'wat'.
Ons 'wie' is aangeleerd en poreus,
ons 'wat' is ons bestaan.
Een korte reis op een kleine planeet.
Wij zijn wat en wat en wie.''


Sei
un velho pedaço de papel,
eurto de substância,
mostra quem somos.
Quero saer:
será que o nós nao é napível de imfuesçao,
paía nao mostramos
quem realmente somos?
Já sei:
somos como una viagem a un planeta
pequeno e desconhecido.
Sempre em trãnsito
Digo-lhe:
a vida éciuta o nosso sei, eterno.
Eternos somos nós.


L´existence,
un vieux petit bout de papier
estompé,
raconte notre histoire.
Je voudrais savoir pourtant:
Est-il rrai que le papier ne peut compter nothe histoire,
que personne ne peut cerner qui nous sommes rraiment?
Je sais au départ
que nous sommes comme un voyage
dont la destination est inconnue
toujours en route.
Je sais tout compte fait
que la vie est courte,
mais notre existence éternelle.
Nous sommes ici tidés et froissés à jamais.


Toda una vida
escrita en una trozo de papel arrugado.
Me sorprende cómo es posible
que un papel con semejante calma,
pueda contener tanta lucha.
El objetivo de la vida
lo damos por conocido
mientras por lo desconoido
viajamos.
Al final
tan sólo una cosa seguro sabemos
que en esta corta vida
significado buscamos
hasta la infinidad.


Versión final

I am not who your are
I see not what you see.
We are both different, yet the same.
Expectations in live may turn out to
be disappointments or surprises.
Even when you have learned every
-thing there is to learn,
you will never know all.
Let it go and let it be.
Walk the path,
without wanting to know
where
it may
lead
you.


17.5.10

Reflejos


Esa noche fuimos a ver una película española de segunda. De segunda hora y de segunda categoría, porque la primera es la de las historias originales, no contadas o que se conocen poco. Ésta no. Se nutría de tópicos. Pero daba risa. Tal y como le gustan a mamá: flojitas, de no mucho pensar, que entretengan y que te hagan reír en uno o dos sketches manidos.

Cuando la película terminó, y como consecuencia de la calidad antes mencionada, decidimos intentar asentar nuestros culos en otra sala, a la espera de encontrar, al final, un entretenimiento de primera categoría.

Pero no dio resultado. Salimos del recinto pisando la moqueta de forma totalmente insonora. Los cines estaban situados en uno de esos centros de ocio que intentan recoger todo lo que se supone que el público necesita para entretenerse: cine, bolera, tiendas, restaurantes, juegos para niños.

Debido a la hora intempestiva, la soledad inundaba los espacios: la cama elástica para que los niños salten amarrados a un arnés, el tiovivo, el puesto de dulces, las tiendas. Todo cerrado. Y sin embargo, esos paisajes muertos seguían con algún tipo de movimiento, un hilillo de vida que recordaba para quién estaban ahí. La música ambiente -aterradora en la negrura-, el agua de la fuente y el brillo de los escaparates se diluían frente a un público inexistente.

- Qué patético resulta todo esto así, sin nadie -pensé en alto. Vero miró con incredulidad y mi madre, acostumbrada a este tipo de comentarios, me ignoró y siguió andando.

Resultaba patético porque sólo así, con las atracciones en standby, se podía entender el truco que ese mundo prefabricado y endulzado con colores chillones ponía en marcha para que nos gastáramos el dinero. Una diversión aséptica y predecible, ese era el truco. Y resultaba patético que sólo nos diéramos cuenta en ese momento, cuando el engranaje había cesado por un tiempo limitado, como cuando la tele está apagada y entonces te das cuenta de que desperdicias más de dos horas al día mirando un rectángulo de, en el mejor de los casos, sesenta pulgadas; buscando en él una imitación veraz de la vida.


*Foto extraída del blog de Agustín Fest.

9.5.10

Morir para comprender. Rodrigo Fresán.



Así es la historia, y la verdad es que extraño un poco a Leticia; hay momentos en que todo el tema me desborda y es como si me viese desde fuera. Toda mi vida, quiero decir. La veo como si fuese la de otra persona. Una vez leí en una revista que los que estuvieron clínicamente muertos por algunos segundos sienten lo mismo. Se ven desde afuera. Tal vez esté clínicamente muerto desde hace años, quién sabe, desde que vi Fantasía por primera vez, y lo que veo en momentos así, hace que estos veinticinco años de edad no tengan demasiado sentido.

El aprendiz de brujo.


Con mayor o menor conciencia de ello, todos estamos esperando con excitada resignación la puesta en marcha de una catástrofe universal y no nos damos cuenta de que ésta ya ha ocurrido. Admitirse como sobreviviente es una tarea tan dolorosa como inútil. Por eso la postergamos y así hemos llegado a la situación en que nos encontramos hoy.
Me gusta pensar que mi percepción de este fenómeno no es consecuencia directa de mi formación científica sino del haber nacido muerto. Fui declarado muerto después de un parto de catorce horas y permanecí muerto a lo largo de un minuto antes de volver a nacer ante el asombro de los médicos y el alivio de mi madre.

La formación científica.


Le sorprendió descubrir que empezaba a pensar en sí mismo en tercera persona. Se veía desde afuera y terminó entendiéndolo como otro síntoma de su reciente invisibilidad. Una vez leyó en una revista que los que estuvieron clínicamente muertos por algunos minutos sienten lo mismo. No estaba mal así; de algún modo dolía menos y se preguntó si estaba yendo hacia algún lado, si estaba a mitad de camino entre un lugar y otro.

Histeria argentina II.


Y hay veces en que el mundo resulta mucho más fácil de ser asimilado cuando contemplanos nuestra vida en tercera persona. Desde arriba, desde el más afuera de los lados posibles.

El lado de afuera.


FRESÁN, R. Historia Argentina. Barcelona: Anagrama, 2003.

7.5.10

Hipervínculos: de Vila-Matas a Lynch

Dicen que el sistema de hipervínculos que nos posibilita Internet es lo más parecido a como trabaja la mente humana. Relaciona una cosa con otra tan pronto como un texto (en el sentido semiótico: una palabra, una idea) da pie a ello. Otros dicen que el postmodernismo es también eso: crear un discurso fragmentario y desmitificado. Se relaciona el pan con el rictus de la mamá Winslow y el apellido de un tal Edgar Allan con el osito Winnie de Pooh. Todo vale en el posmodernismo. Tanto, que incluso se ha llegado a crear una página que genera textos postmodernos automáticamente. Con todo esto, a continuación adjunto mi aportación a la materia, porque me lleva tiempo rondando la cabeza, y crece más cuanto más textos (semióticamente, ya saben) me tocan la fibra. Aquí viene mi hipervinculismo (?):


Leía yo a Vila-Matas y su historia abreviada de la literatura portátil, donde el escritor define lo que vienen a ser los odradeks:

"Cada shandy hospedaba en su interior a uno de esos inquilinos negros (...). Y al hospedarse en pensiones del barrio judío, comenzaron a sentir la presencia cada vez más activa de los inquilinos negros, la angustiosa seguridad que se les arrancaba con premeditación y contra su voluntad su más verdadero y propio interior, sólo para que pudiera tomar forma plástica la figura del fantasma."

Dice VM que todos los escritores que él entrelaza en su artificial conspiración (escritores reales cuya fama es explotada para vender libros, lo que me recuerda a lo que hace J.J. Gutiérrez en Nuestro GG en La Habana), éstos personajes que aparecen en su texto (no necesariamente en el sentido semiótico) fueron descubriendo a los inquilinos no humanos que habitaban en su cuerpo, los odradeks. Aquí lo normal sería nombrar la fuente original del término odradek, que es un texto (bis) de Kafka. Pero como esto es una contribución al postmodernismo, yo voy más allá.

Los odradeks son la versión escrita de Bob, la critura maligna creada por Lynch en Twin Peaks (también es creada por Mark Frost, pero ser postmodernista implica también simplificar. En realidad esto lo creó Marx, que se ha ido apoderado de El Capital, aunque fue creado junto a Engels. Así es la vida).

Bob es también no humano y se alimenta del interior de las personas, tal y como lo hacen los odradeks. No es negro, pero lleva vaqueros, lo cual seguro que le hace también un culito muy sexy. Al igual que los inquilinos de VM, Bob saca lo peor de las personas: pornografía, violencia, bailes con bastón. Es decir, todos los sentimientos viscerales que los escritores mal avenidos siempre quisieron.

Los inquilinos negros, por Mapplethorpe.

No se pierdan al Bob de Vila Matas. Tampoco se pierdan Twin Peaks, serie que, por cierto, es de la época de Doctor en Alaska. En ésta última, concretamente en el capítulo 1x05, se hace un homenaje a la primera incluyendo la música de Badalamenti y haciendo que un personaje diga algo sobre una mujer con un tronco. Todo hipervinculismo.