18.4.10

El pastel


Gentlemen, there is more in heaven and earth
than is dreamt of in our philosophy.
BRIGGS, Twin Peaks 2x09


Le miraba con escepticismo mientras sorbía café. Hubiera escrito todo lo que sabía en una servilleta como una poeta bohemia de no haber caído en la cuenta de que él también sabía. Sabía por qué ambos habían pedido café en lugar de una cerveza, y por qué hablaban de ese maldito libro en lugar de preguntarse por las vísceras. Ambos sabían el porqué. La diferencia es que él interpretaba muy bien su papel: el personaje nunca se quedaba sin guión, éste se escribía cada noche por al menos cuatro manos, y luego todos esos literatos se quedaban en la mesilla hasta que el día volviera a hacer los 360º. Panero, Céline o Bukowski eran algunos de los autores que se encontraban detrás de aquel guión bien hilado.

Le quería aplaudir. Nunca nadie se ciñó tanto a un papel sabiendo que nunca lo romperá. Yo, sin embargo, sí lo hice. De hecho dejé de seguirlo durante la misma época en la que empecé a probar las drogas. Obviamente, no seguirlo conllevaba esporádicas crisis en las que rayaba la locura y la genialidad a partes iguales. Gracias a ello descubrí el pastel, un pastel enorme relleno de frutas troceadas y con generosa nata por fuera. Una noche, tras haber tomado una magdalena de marihuana con una coreana cuyo pirri en el pelo no hacía más que tambalearse enigmáticamente, le dije a Lola, la otra asistente a la fiesta: “todo es un escenario, todo es un puto escenario”. Las casas eran 2D y los carteles luminosos del kebab lucían con mucha más fuerza que la luna (o el reflejo del sol en la luna), caminábamos sin más y hablábamos sin mirarnos a la cara. Repetí mi magnífico descubrimiento un par de veces más con voz convincente y luego reí a carcajadas hasta no poder sostenerme en pie. Esa noche incluso llegué a comer la fruta de dentro del pastel, pero al final tuve que vomitarla en violentas sacudidas. Ambas lo hicimos. Era, en realidad, demasiada responsabilidad.
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Foto: nocturno de Ámsterdam

16.4.10

Octavio Paz, feminista punk


Hace unos días hablaba con la persona que me recomendó El laberinto de la soledad, de Octavio Paz. Ambos coincidimos en que, sin duda, es un libro ejemplar que hay que leerse. Pero mientras yo destacaba su crítica de género, él me decía que lo que más le atrajo fue la descripción de la soledad; que, aunque tomara al mexicano como paradigma, podía aplicarse a todo hijo de vecino. Es decir, cada uno se quedó con lo que más le gustaba. Y es que, aunque parezca que el tema de la soledad es central en este libro, ¡tacháaaaaaan!: incorrecto. El texto tiene muchas lecturas, ya que toma prestadas nociones filosóficas, políticas, éticas, lingüísticas, psicológicas, históricas, sociológicas, económicas, religiosas y, también, poéticas. ¿Quieres leer una obra multidisciplinar? Entonces lee a Octavio Paz y su laberinto de la soledad (*anuncio patrocinado por detergente El Macho).

* Detergente El Macho no se hace responsable de las acusaciones que se puedan
hacer de sus anuncios, cree en la libertad de expresión y el relativismo y está harto de
las denuncias de esas guarras feministas que ni siquiera son clientes potenciales porque
ni se limpian ellas ni limpian la casa.

Como decía antes, me sorprendió (porque no esperaba encontrarlo en un libro que presuponía sólo como un ensayo de la historia de México), su crítica del rol de la mujer y el machismo, que analiza a través de elementos tanto sociológicos como lingüísticos: "(...) el ideal de la 'hombría' consiste en no 'rajarse' nunca. Los que se 'abren' son cobardes... Las mujeres son seres inferiores porque, al entregarse, se abren. Su inferioridad es constitucional y radica en su sexo, en su 'rajada', herida que jamás cicatriza".

Tengo entendido que se acusó a Paz de machista precisamente por reflejar en qué consistía el machismo. Grave error. Grave error pasar por alto que, al igual que las mentiras, de las que sólo somos conscientes cuando las conocemos, las injustias hay que revelarlas para poder combatirlas. Además, el escritor mexicano no se detiene en la descripción, sino que descuartiza todas las extremidades del machismo (esta metáfora es culpa de Déxter).

Pero lo que definitivamente me convenció de Paz es su revolucionaria visión feminista del tema: no sólo porque es un hombre el que alza la voz (que es de agradecer), sino porque también progresa en el mismo campo del(os) feminismo(s). Como veremos en los párrafos que he seleccionado, y sobre todo en las partes que me he tomado la libertad de destacar, la tesis de Paz sugiere que ciertos valores que se le presuponen a la mujer -tales como la dulzura, la bondad, la no-agresividad, etc.-, son precisamente los que hacen que se le considere un instrumento: la portadora del orden.

Una mujer cualquiera portando el orden


Sin saberlo, o a lo mejor conscientemente, quién sabe, Paz está tirando por la borda la principal idea del feminismo liberal nacido en la Revolución Francesa, ese que precisamente representaba a la mujer como un ser superior al hombre por ser más 'bueno'; discriminación positiva que a la larga alimenta la diferencia entre roles y que está perfectamente representada en la siguiente frase de Olympe de Gouges (a la que decapitaron por defender su Declación Universal de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana): “La belleza y la valentía hace superior a la mujer”.

(Nota: que cuestione el feminismo liberal no quiere decir que no aplauda ni reconozca sus logros: ¡No pierde una la cabeza todos los días por defender un texto feminista-revolucionario en el S. XVIII!).

Octavio Paz podría haber sido un feminista punk que defendía la supresión de géneros y roles sexuales. Hubiese sido cuestión de tiempo que se hiciera una cresta rosa.

Octavio Paz arrepintiéndose del color escogido


Y sin más dilación, su texto:


Sin duda en nuestra concepción del recato femenino interviene la vanidad masculina del señor -que hemos heredado de indios y españoles-. Como casi todos los pueblos, los mexicanos consideran a la mujer como un instrumento, ya de los deseos del hombre, ya de los fines que le asignan la ley, la sociedad o la moral. Fines, hay que decirlo, sobre los que nunca se le ha pedido su consentimiento y en cuya realización participa sólo pasivamente, en tanto que 'depositaria' de ciertos valores. Prostituta, diosa, gran señora, amante, la mujer transmite o conserva, pero no crea, los valores y energías que le confían la naturaleza o la sociedad. En un mundo hecho a imagen de los hombres, la mujer es sólo un reflejo de la voluntad y querer masculinos. Pasiva, se convierte en diosa, amada, ser que encarna los elementos estables y antiguos del universo: la tierra, madre y virgen; activa, es siempre función, medio, canal. La feminidad nunca es un fin en sí mismo, como lo es la hombría.

(...). Para los mexicanos la mujer es un ser obscuro, secreto y pasivo. No se le atribuyen malos instintos: se pretende que ni siquiera los tiene. Mejor dicho, no son suyos sino de la especie; la mujer encarna la voluntad de la vida, que es por esencia impersonal, y en ese hecho radica su imposibildad de tener una vida personal. Ser ella misma, dueña de su deseo, su pasión o su capricho, es ser infiel a ella misma.

(...) El hombre revolotea a su alrededor, la festeja, la canta, hace caracolear su caballo o su imaginación. Ella se vela en el recato y la inmovilidad. Es un ídolo. (...) Analogía cósmica: la mujer no busca, atrae. Y el centro de su atracción es su sexo, oculto, pasivo. Inmóvil sol secreto.

(...). A su significación cósmica se alía la social: en la vida diaria su función consiste en hacer imperar la ley y el orden, la piedad y la dulzura. Todos cuidamos que nadie 'falte el respeto a las señoras', noción universal, sin duda, pero que en México se lleva hasta sus últimas consecuencias. Gracias a ella se suavizan muchas de las asperezas de nuestras relaciones de 'hombre a hombre'. Naturalmente habría que preguntar a las mexicanas su opinión; ese 'respeto' es a veces una hipócrita manera de sujetarlas e impedirles que se expresen. Quizá muchas preferirían ser tratadas con menos 'respeto' (que, por lo demás, se les concede solamente en público) y con más libertad y autenticidad.

(...). Es curioso advertir que la imagen de la 'mala mujer' casi siempre se presenta acompañada de la idea de actividad. A la inversa de la 'abnegada madre', de la 'novia que espera' y del ídolo hermético, seres estáticos, la 'mala' va y viene, busca a los hombres, los abandona. Por un mecanismo análogo al descrito más arriba, su extrema movilidad la vuelve invulnerable. (...). La 'mala' es dura, impía, independiente, como el 'macho'.

PAZ, Octavio. El laberinto de la soledad. Anthony Stanton ed. NY: Manchester University Press, 2008.

15.4.10

Contorsionismo

En la tienda le dijeron que ese material no absorbería líquido y se mantendría siempre impoluto. Comprobó la inexactitud de esa descripción mientras limpiaba con indiferencia un chorro de cerveza que había caído sobre el sofá. En su manga también había restos de salsa de mango procedente de su cena, un kebab. Desde la televisión hablaba una morena con gran escote y cara aplastada, como de gato. Por lo demás, en esa habitación no cabía más silencio.

Abrió otra cerveza y movió la chapa acompasando cada movimiento con una letra del abecedario hasta que el metal que la sujetaba cedió. M. Le había tocado la M y, aunque no creía en esas abstracciones infantiles, comenzó a recordar la vida con Martín, la apatía por las mañanas, algunos momentos felices cuando comían chocolate y pactaban los horarios de limpieza. Helena nunca se había sentido deseada, puede que eso fuera lo que mató la relación. Era feliz, pero únicamente por la imagen que él proyectaba de ella misma. Ambos sabían que en cuanto esa fotografía se rompiera, aunque sólo fuera por un borde, la relación se iría al garete, y ella no se aceptaría nunca más. Obviamente, la restauración en estos casos es extremadamente costosa y lenta, por lo que, cuando llegó el momento, ambos decidieron dejar de compartir pasiones.

Después de eso, Helena siguió viajando, costeándose su supervivencia vendiendo jerséys que iba haciendo en los autobuses y trenes. Había probado muchas drogas, pero sin embargo sólo estaba enganchada a la satisfacción que le producía reconstruir su propio yo una y otra vez frente a desconocidos. Uno de sus personajes favoritos era una tímida joven estonia que se dedicaba a lo que fuera menester (niñera, crupier, acomododadora en los cines, chófer...) y cuyo objetivo era llegar a los Juegos Olímpicos con el salto de pértiga. Ésto último se convertía en un reto al explicarlo con total seriedad frente a la víctima, generalmente un hombre.

- A quien quiera saber, mentiras con él -decía la abuela de manos venosas y temblorosas mientras cortaba naranjas y contaba cómo su madre le reprendía cuando les veía a ella y a su novio cogidos de la mano. Helena nunca tuvo tal abuela, y por ello le gusta recordar todo lo que nunca pudo escuchar.

La mayor parte de las veces se servía de tópicos para salvar las conversaciones, sobre todo cuando no sabía cómo alargar la mentira sin que ésta se rompiera. El carpe diem, la contrapregunta de "¿y por qué no?" o la condescendiente respuesta de "oh, pero no quiero aburrirte con mis historias, cuéntame tú" eran las más utilizadas. A veces creía que se la comían, que coartaban su originalidad, que las frases hechas eran como una Perca del Nilo que acababa con todas las demás especies.

Pocas veces mostraba rasgos que la definieran de verdad. Aunque si la víctima en cuestión era avispada, podía ver comportamientos que se repetían de forma casi enfermiza al tiempo que las mentiras crecían como un guardaespaldas tras ella: se mordía las uñas, jugueteaba con los padrastros y se rascaba el cuero cabelludo por la zona de la nuca insistentemente.

Igualmente, tras un par de semanas esa conducta le angustiaba y necesitaba volver a su sitio franco, con ese sofá de oferta tan lleno de manchas. Además, los jerséys no daban para mucho. Ya nadie quiere pagar lo que vale un producto artesanal. ¿Para qué, si se puede comprar perfección reproducida una y otra vez por máquinas que abaratan los costes? Helena lo sabía y por eso no invertía mucho en sus productos.

Eran las tres de la madrugada. Ni siquiera el viento soplaba afuera. La morena del escote seguía intentando animar a los telespectadores a llamar al 800-234-234 para conseguir todo ese dinero que se veía en pantalla. Vaya pestiño de televisión. Helena miró a través de la ventana. Los árboles no tenían hojas y las ramas parecían brazos en cuyo final se abrían manos con los cinco dedos estirados, en tensión. Como pidiendo auxilio. Abrió otra cerveza más y esta vez utilizó un vaso para beber. Todavía quedaban un par de horas antes de que amaneciera.

13.4.10

Miedo y asco, además de vergüenza, en Valencia

Ya se veía venir. El Cabanyal es una zona muy turbia, con muy mala gente, por eso se necesitan antidisturbios que lidien con los viejos y las abuelitas que tanto daño hacen con el garrote. Y mientras muelen a palos a tan agresivas y peligrosas personas y a las y los partidarios de esperar hasta que al menos el tema salga de los juzgados para destrozar el histórico barrio del Cabanyal, los y las niñitas pijas defienden la moral de los PPapis.

Qué asco.

Qué miedo.



31.3.10

Mira


Tengo que contarte algo, Mark Cooper. Desde las 12:30 del día 29 hasta ahora, casi 4 del día 31, he dormido 6 horas, lo que suma unas 35 horas casi seguidas de estancia en el mundo de la consciencia. No dormir tiene sus ventajas. La basura mental que se supone que eliminas durante el sueño se acumula en mi cabeza. Trabajo en su reciclaje y posterior uso. Junk it up. Durante el día, un narrador hace lo suyo con cada trozo de mierda; me recuerda la mancha de sangre en mi cama, referencia sin pudor a Ray Loriga ("da gusto pensar que alguien se va a morir después de hacerlo contigo") y recurre a Christina Rosenvinge para darle melancolía cotidiana al asunto. Y así, entrecerrados los ojos, caigo en la cuenta de que todo es veneno, de que el ipod que todos llevan en el bus no es sino una prótesis más que repara nuestra falta de melodía.



Foto: M. D. A.

29.3.10

¡Tapáos los oídos, que viene Adorno!: Sobre jazz y asnos

Hace un tiempo fui a un concierto de jazz. Ocurrió un día de esos que presupones aburridos y sin más acción que abrir el paquete de cereales que compraste ayer. Justo tras cerrar la puerta que no pensaba cruzar hasta el día siguiente, mi compañero de piso me propuso que fuera con él al auditorio de la ciudad. Ese día el pase era gratuito como parte de un festival de jazz que se extendería toda la semana y cuya asistencia, que ni a él ni a mí nos apasionaba -de él lo noté por esa calificación de "elitist and high-educated" hacia el hipotético público- procuraría, al menos, un día más al paquete de cereales.

Estuvo bien, yo siempre soy de la opinión de que todo lo que entra en el cuerpo te aporta algo (gracioso, ¿eh?). Pero a mi compañero de piso no le gustó. Y mi otro acompañante, que de repente asomó la cabeza desde un rincón de mi memoria, tampoco parecía estar muy contento con el espectáculo ni con la gente que lo disfrutaba. No les quise presentar porque temía que de repente se aliaran en contra de los highbrow y hubiera bronca. Lo cierto es que tras escuchar un par de canciones, percibí la belleza del jazz. Era rítmico y dulce. Aunque también es verdad que era una belleza lineal y predecible. Creo que fue porque abusaron del momento climax. Y no, no había bebop.

A la salida, nos encontramos con un amigo, que a su vez iba acompañado de una amiga. Ambos, tocador de djembé uno y guitarrista la otra, aseguraron que el concierto de los tres grupos había sido magnífico, que chapeau. De repente mi acompañante II, que se trataba ni más ni menos que del viejo Theodor Adorno, se enojó. Empezó a chillarme al oído -como si los demás pudieran oirle y como si yo no le oyera ya bien desde algún lugar cercano al cogote- que eso sólo era "jazz como institución, taken for granted, desinfectado y bien lavado" y que "es notable el parecido del entusiasta del jazz con el del joven adepto del positivismo lógico, que se sacude la educación filosófica con el mismo celo con el que aquél renuncia a la musical".

Adorno enojado

Bueno bueno, Adorno, tampoco te pases, ¡que es amigo mío!, recuerda: los amigos de mis amigos son mis amigos, le decía yo por lo bajini. Pero él, obviando completamente mis consejos y con la coletilla de "yo he estudiado música y tú no", se sacó de la manga su libro Prismas y empezó a leerme el ensayo "Moda sin tiempo": "todos los entusiastas del jazz, en todos los países", me decía mientras se colocaba las gafas al inicio del puente de la nariz con el dedo corazón, "tienen en común el momento de la docilidad manifiesto en el paródico frenesí. Por ello recuerda su juego la animal seriedad de los séquitos en los estados totalitarios"

Tú siempre con tu obsesión por el nazismo. Sólo falta que me hables otra vez de Freud. Vale que te retiraron tu venia legendi, te persiguieron y tuviste que salir pitando de tu país, pero que te lo hayan hecho pasar mal no significa que ahora tengas que buscar de nuevo el monstruo fascista en la razón instrumental y la cultura de masas, ¡incluído el jazz! Recuerda que te han acusado de hiperradicalismo intelectual..

Pero él seguió casi sin escucharme, diciendo con rintintín que "cualquier adolescente que salga algo listo sabe hoy que la actual rutina apenas da lugar a la improvisación, y que lo que se presenta en público como improvisación espontánea ha sido aprendido cuidadosamente, con mecánica precisión. (...) Las llamadas improvisaciones se reducen a paráfrasis más o menos pobres de las fórmulas básicas, bajo cuya máscara se adivina el esquema a cada momento. Las mismas improvisaciones están ampliamente reguladas y se repiten constantemente". "Además, la standardización significa el robustecimiento del dominio duradero sobre las masas de oyentes y sobre sus conditioned reflexes. Se espera de ellas que no pidan sino exclusivamente aquello a que se las ha acostumbrado, y que se encolericen si algo no corresponde a las exigencias cuyo cumplimiento es para ellos algo así como los derechos del hombre del cliente". "La población está tan acostumbrada al abuso que se le infiere que no consigue renunciar a él ni siquiera cuando lo advina a medias; por el contrario, tiende a reforzar conscientemente su propio entusiasmo para convencerse de que la humillación es homenaj...". Por entonces ya había desconectado. Además, nos habíamos ido a un bar a tomar unas cervezas todos juntos y en harmonía, y el ruido de fondo me impedía oírle con claridad. Tampoco quería. Lo último que recuerdo es su acento alemán menguado por la lejanía y su intento por hacerse oír gritando "¡probablementeeee, la única teoría adecuada a estos hechos sea la psicoanalítica...!". Las cervezas que había bebido durante la noche habían hecho su efecto y Theo ya no podía competir con el alcohol que recorría mi sangre.

Al día siguiente me entró la curiosidad y recurrí al libro para ver qué decía. Adorno definía el jazz como "una música que, con simplicísima estructura melódica, armónica, métrica y formal, compone en principio el decurso musical con síncopas perturbadoras, sin tocar jamás la monótona unidad del ritmo básico, de los tiempos siempre idénticos". En su defensa, tengo que decir que mi amigo reconoce la posibilidad de que el jazz evolucione, pero en su eterno pesimismo por la cultura comercializada en un sistema capitalista, añade que estas tendencias renovadoras "vuelven regularmente a sucumbir al negocio, llámense swing o bebop, o pierden siempre su filo". Vaya, ni Gillespie se salva. El jazz es, dice Theo, "moda que se entroniza como cosa permanente y pierde precisamente por eso la dignidad de la moda, que es la dignidad de la caducidad". Vamos, una Moda sin Tiempo. Creo que nuestro amigo quería decir más o menos lo que Chomsky dice sobre el lenguaje: que tenemos libertad absoluta para rellenar unas estructuras que ya vienen prefijadas en nuestra mente.

Algo así como sorprenderse con que Richard Alpert tenga acento canario-mexicano pero sin dejar de ser consciente de que Lost recurre a tópicos bien manidos y eternos como los del bien/mal personificados o el recurso del "destino" y "la fe" para crear cambios increíbles en las trayectorias de los personajes. (Siento herir sensibilidades, era necesario incluir esto).

Para cuando terminé de leer el ensayito, ya me había paseado por todos los blogs conocidos, escuchado tres o cuatro discos y descubierto un video en Youtube donde anunciaban más conciertos para esa noche:




Me imaginé que el joven con el spray era Adorno, y que en lugar de dejar la cerveza en la mesa de un golpe, le tiraba el culín al saxofonista de la tarima mientras le gritaba con acento murciano: "¡Short-haired, que eres un short-haired!".

Por la noche, allí estábamos los tres de nuevo. La idea del ciclo "I hate jazz" era ofrecer al público todo lo que Adorno criticaba que le faltaba al jazz. El germano empezó a desvariar y a decirme que seguro que eran unos melenas, de esos que caen en el estereotipo del "artista hambriento que desprecia con desparpajo las exigencias convencionales", que serían unos "agentes de la distracción" introvertidos o locos egocéntricos y/o, seguramente, homosexuales castrados. Le dije que llamara a Freud y me dejara en paz
un ratito.

Después de ver el primer concierto, y sobre todo después de tanto pesimismo cinquentero, volví a creer que experimentar con el jazz es posible. Jean Louis (así se llamaba el grupo) utilizaba los instrumentos en su sentido más puro: para hacer música. Así, sin ninguna formalidad de antemano, el contrabajo se tocaba con un arco pero también se aporreaba como un tambor; lo que se necesitara para llegar incluso a sonidos metaleros. Lo que no cambió en los grupos siguientes. Chris Corsano, colaborador en las filas de Björk o Sonic Youth, tocó la batería con un arco, añadió su voz sintetizada y utilizó diversos objetos en su improvisación junto a JoeMcPhee, al parecer un muy famoso saxofonista del Free Jazz. Después vino TrioVD, londinenses que tampoco parecían muy limitados por las vías "vías mecánico-rituales" que Adorno asume en el jazz.

Después de los conciertos, nuestro amigo no dijo ni mú. No creo que en esos espectáculos hubieran "arreglos", ni fueran objeto de un "conformismo de segundo grado". De hecho, era frecuente algún que otro sonido estridente, así como que los músicos se bajaran (no todos a la vez y de vez en cuando) a por un vaso de agua. Tampoco eran melenudos, como anticipaba Adorno. Creo que cayó en la cuenta de que, desde que escribió su ensayo en 1955
hasta ahora, ha llovido mucho. Tranquilo, germano, tenías razón en una cosa: si estos grupos entran en el mercado cultural, adiós estridencia, hola estandardización. Pero mientras se encuentren en el circuito experimental, nos seguirán deleitando con dúos tales como el de trompetista humano- vocalista asno, al estilo Animals de Pink Floyd, pero en jazz.





Give me more, give me more:

+ Libro Prismas online (el ensayo "Moda sin tiempo", a partir de la p. 126).
+ Göran Therborn acusa a los teóricos de Frankfurt de "Hiperradicalismo intelectual" en su libro originalmente titulado
La Escuela de Frankfurt (Barcelona: Anagrama, 1972).
+ Video de Chris Corsano exhibiendo sus habilidades

26.3.10

última mente


Llámame friki pero
últimamente,
los días parecen links rotos


Foto: Mayka

12.3.10

Sobre miembros pequeños y grandes cerebros

De teleseries de humor al debate político. ¿Cómo es posible? ¿Por qué los actores no se dedican simplemente a hacer bromas y a aspirar a que su nombre se funda con el de la marca de alguna internacional? ¿Es que tenemos que soportar la ideología de los personajes públicos?

Ya se sabe lo que el actor Willy Toledo dijo sobre Cuba. Lo que no se ha compilado es lo que los demás han dicho de él. José Javier Esparza en La Linterna se preguntaba “si hay derecho a que una sociedad democrática otorgue, subvencione y sostenga altavoces de enorme peso en boca de personas furiosamente antidemócratas”. Democracia. Esa palabra que todos usan pero nadie sabe muy bien cuál es su mecha y dónde está su dinamita. El de la Cope sigue: "Este es el mensaje de un carcelero, de los que piensa que los que piensan diferente han de estar en la carcel y, si se mueren, mejor (…)”. Y por si no queda claro quién es el bueno y quién el malo, concluye definiendo a Toledo como “un individuo que acusa al pobre negro Orlando Zapata de ser un detenido común". Bravo.

Todos los medios, con más o menos discrección a la hora de tergiversar las palabras de Toledo, se lanzaron horrorizados a desmarcarse de tal ofensa al mainstream. Telemadrid lo expuso así:

"Sobre la muerte de Orlando Zapato ha hablado este lunes el actor Willy Toledo. Él se movilizó en la huelga de hambre de la activista saharaui Aminetu Haidar, pero a los cubanos encarcelados por exigir la libertad los tacha de delincuentes y terroristas".

De esta forma, se presenta una aparente contradicción cuya coherencia sólo alcanzan muchos tachando a la persona en cuestión de “descerebrado” (Miriam Gómez), “disparatado” (F. Savater), “gentuza castrista” (Rosa Montero) o “"actorcillo de tres al cuarto (...) que creo, además, que la tiene pequeña" en el caso de José Alejandro Vara, ex director de La Razón.

Ante toda una fiesta satánica para descuartizar (metafóricamente, creo) a Toledo en nombre de la democracia, al menos un puñado de artistas han lanzado un texto defendiendo la libertad del actor para expresarse sin tener por ello que soportar insultos a su miembro (hasta ahí podíamos llegar). Han demostrado no sólo atreverse a nadar a contracorriente entre toda la marea de condescendientes críticas, sino también a señalar claramente que los actores, las cantantes y demás gentes del mundo de la cultura, no son bichos acéfalos en cuya mente sólo cabe el guión de turno, sino que tienen opiniones políticas como todo hijo de vecino y están hartos de que se les condene cuando no dicen lo que se espera de ellos.

No voy a entrar a discutir las declaraciones del actor. Estoy un poco harta de que en El País me digan que Cuba es una dictadura gobernada por despiadados estalinistas y que en Rebelión afirmen que la isla es el mejor país del mundo para vivir y todo el mundo baila con florecitas en la cabeza. Basta. Lo que sí puedo asegurar es que el aparato mediático-empresarial español funciona de maravilla, vaya que si funciona.


Declaraciones completas de Willy Toledo:

10.3.10

Ajo